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El
Sueño de un cofrade
El texto apareció en varias
revistas Cofrades de 1.998. Os lo
resumo:
Quiero soñar en unas
Cofradías que lo sean de verdad: verdaderos hervideros de amor a Dios y al prójimo;
auténticos núcleos de espiritualidad y transformación interior, capaces de crear mayor
justicia para los más pobres, genuinos Cenáculos donde Cristo pueda enseñarnos su
palabra, su catequesis, su liturgia, su presencia en los sacramentos.
Quiero soñar en unas
Cofradías profundas, profundamente espirituales, profundamente formativas solidarias. No me da la gana de vivir la pesadilla que otorga
a las Hermandades el rincón de lo folclórico
El sueño del cofrade citado es
también vuestro sueño, y es el sueño de vuestros obispos que estiman vuestras
cofradías y la religiosidad que promueven. Porque
os estiman han aprobado vuestros estatutos, reconociendo y otorgando a las mismas
personalidad canónica, dándoles como tales
carta de ciudadanía eclesial, para actuar, nada menos y nada más, en nombre de la
Iglesia
Aprecio
y estima por la Iglesia de la llamada Religiosidad Popular
La Iglesia ha manifestado
reiteradamente su aprecio y estima por la religiosidad Popular. Pablo VI no dudó en
considerarla como un aspecto importante de la evangelización que no puede dejarnos
insensibles, pues en ella se descubren expresiones particulares de búsqueda de Dios y de
fe. Cuando está bien orientada, sobre todo mediante una pedagogía de
evangelización, contiene muchos valores. Refleja una sed de Dios que solamente los pobres
y sencillos pueden conocer. Hace capa de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo,
cuando se trata de manifestar la fe
Y
Juan Pablo II no ha sido menos: la religiosidad popular debe ser respetada y
cultivada, como una forma de compromiso cristiano con las exigencias fundamentales del
mensaje evangélico; integrando la acción de las Hermandades en la pastoral renovada del
Concilio Vaticano II, purificándolas de reservas ante el ministerio sacerdotal y
alejándolas de cualquier tensión interesada y partidista.
De este modo, esa religiosidad podrá ser un válido camino hacia la
plenitud de salvación en Cristo
En la religiosidad popular,
junto a valores de tradición histórica, de expresión folklórica y de belleza natural y
plástica, se conjugan ricos sentimientos de amistad compartida, igualdad de trato y valor
de todo lo bello que la vida encierra en el común gozo de la fiesta. Pero en las raíces profundas de este fenómeno
religioso y cultural, aparecen auténticos valores espirituales de la fe en Dios, del
reconocimiento de Cristo como Hijo de Dios y Salvador de los hombres, el amor y devoción
a la Virgen y de la fraternidad cristiana que nace de sabernos hijos del mismo Padre
celestial. Desligar la manifestación de la religiosidad popular de sus raíces
evangélicas de fe, reduciéndola a mera expresión folklórica costumbrista, seria
traicionar su verdadera esencia.
Manifestar a Cristo en sus
misterios, en el carácter entrañable de la Navidad, en el penitencial de la Semana Santa
o en el gozoso de su resurrección, promover la devoción a la Eucaristía, fomentar la
devoción a la Sma. Virgen en su dolor de madre del Varón de Dolores o en los
diversos patronazgos sobre pueblos y ciudades, alentar la devoción a los santos, como
patronos y protectores y como seguidores fieles de Jesús, o la intercesión por los
difuntos son todos motivos nobilísimos que pertenecen a la entraña del misterio
cristiano. Son un conjunto de hondas
creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y
de las expresiones que la manifiestan. La
Religiosidad popular se ha constituido, no pocas veces, en matriz cultural de los pueblos
y en vehículo de evangelización para el pueblo mismo.
A través de tales manifestaciones, se han acercado a Dios preferentemente
la gente pobre y sencilla que no tenía otro acceso a la fe.
Es verdad que, a veces, en
estas manifestaciones religiosas se han mezclado la superstición, la magia, el
fetichismo, el ritualismo o han sido sometidas a manipulaciones ideológicas, económicas
o políticas. Pero ni es menos cierto que a
la religiosidad popular ha ido unida casi siempre una conciencia fuerte de dignidad
personal y de fraternidad solidaria, la conciencia de pecado y la necesidad de expiación;
la capacidad de expresar la fe de manera comunitaria y en un lenguaje total (canto,
imágenes, gestos, color, danza). La
Religiosidad popular ha suscitado la sensibilidad por la peregrinación como símbolo de
la existencia humana y cristiana; ha tenido y tiene la capacidad de movilizar multitudes.
La Religiosidad popular
constituye uno de los accesos más directos y penetrantes hasta el corazón y el ser de un
pueblo decían los obispos andaluces en un excelente documento de trabajo del año
75. Y añadían:: En nuestro
catolicismo popular aparece, ante todo, la presencia básica y decisiva de elementos de
verdadera fe cristiana. Es cierto que con
frecuencia los hallamos deformados, incipientes o sin madurez y que el modo cómo los
entiende esa fe popular no coincide siempre perfectamente con los contenidos revelados y
requieren una profundización catequética
, pero se trata de verdadera fe en
Cristo. Hasta tal punto esto es verdad que la
situación religiosa de nuestras regiones puede definirse, de hecho, por el catolicismo
popular que es propio y peculiar de sus gentes. Sobre
esa realidad global de base descansa cuanto existe, a los demás niveles, en nuestras
iglesias diocesanas
Probablemente la última
afirmación de los obispos andaluces tendría que ser matizada, teniendo en cuenta las
nuevas y definidas realidades que han ido brotando en la Iglesia, pero la afirmación
conserva buena parte de su valor.
De esas convicciones partimos.
Desde ahí queremos imprimir nuevo vigor y fuerza evangelizadora a nuestras Hermandades y
Cofradías, para responder al desafió que los nuevos tiempos presentan a la fe cristiana
y a las instituciones que la sustentan.
Los
desafíos de la hora actual a las Cofradías y a la Iglesia.
Si en los años sesenta, el
concilio ya advertía que multitudes crecientes se alejaban de la religión
(G.S.7), veinte años después de la exhortación Christifideles laici
afirmaba lo siguiente: Enteros países
y naciones en las que en un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes
están ahora sometidos a dura prueba e incluso alguna que otra vez son radicalmente
transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del
ateísmo. Grandes masas de hombres,
aún entre los bautizados, viven como si Dios no existiera. Pero también en otras relaciones o naciones
en que todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular
cristianas, ese patrimonio moral y espiritual corre el riesgo de ser desperdigado
Ya no se puede vivir en las
rentas del tradicional y rico patrimonio de cristiandades en descomposición.
La tradición católica resulta cada vez más agredida, erosionada, debilitada en su
capacidad de transmitir la fe, debido a las vigencias culturales de hoy. Los ídolos del poder, de la riqueza y del placer
van introduciendo en el alma de nuestro pueblo un individualismo radical, un relativismo
moral y un nihilismo conformista y anulador de todo sentido e ideal de vida, en que lo
religioso queda reducido, si acaso, a una especie de subproducto vago, ecléctico,
irracional del supermercado global.
Poderosos medios de
comunicación, con influjos cada vez más persuasivos y capilares, van conformando las
actitudes y los comportamientos humanos. Nuestra sociedad consumista convierte en producto
de consumo todo lo que toca. Las romerías y procesiones se convierten en realidades de
interés turístico, olvidando quizá su sentido originario, lo que puede llevarles a
perder su sustancia real.
El ambiente en que vive
la Iglesia en España, dice el borrador del Plan Pastoral de la conferencia episcopal,
constituye una fuente fundamental y permanente de dificultades para su vida y misión.
Influye directamente en aspectos tan graves como el cuestionamiento de Jesucristo en
cuanto único Salvador, la crisis de fe, el debilitamiento de su transmisión, la escasez
de vocaciones, el cansancio de los evangelizadores
Pero la cuestión principal a la
que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en
la cultura ambiente, como en su propio interior, es un problema de casa y no sólo de
fuera
El problema de fondo, al que una pastoral de futuro tiene que prestar la
máxima atención, es la secularización interna.
Es un momento, pues, de crisis, de tentación, pero también de llamada
fuerte a despertar un vigoroso dinamismo misionero. A
grandes males, grandes remedios.
Las Cofradías pasaron por una
situación ambigua en los años 80, una tentación que persiste y a la que me parece
importante que sigamos prestando atención, pues los diversos poderes de turno,
intencionada o no intencionadamente, no cejarán en su empeño. En estos años los análisis de Antonio Gramsci,
los más críticos, agudos y penetrantes que se han hecho del catolicismo desde la
perspectiva del ateísmo político y filosófico, se adoptaron también en España. Se tomaban muy en serio los elementos populares,
fueran o no religiosos, en orden a edificar una civilización total. La táctica no era atacar de frente la
religiosidad que estaba tan arraigada en el pueblo, pues el efecto habría sido el
opuesto, sino defender y promover esos elementos populares y folklóricos que tanto gustan
al pueblo, pero no en cuanto religiosos, sino en cuanto culturales, convirtiendo así la
religión en cultura popular, propia del pueblo, no de la Iglesia, y menos de la
jerarquía eclesiástica. Algunas cofradías,
muy vinculadas a las fiestas populares cayeron en la trampa. Así empezó su secularización interna.
La
respuesta: Una nueva evangelización
Existen encrucijadas
históricas, de crisis cultural y espiritual, que son momentos de sutiles tentaciones que
llegan a poner en entredicho no sólo lo que hacemos, sino lo que somos; pero son también
momentos de llamada a una especial hondura que pueden favorecer, por eso mismo, el
dinamismo misionero de la Iglesia.
Las exigencias y urgencias con
que el Papa nos llama a todos a una nueva evangelización son proporcionales a los nuevos
desafíos a la vida cristiana y a la misión de la Iglesia en la hora actual.
No es casualidad que el más
pujante desarrollo de Hermandades y Cofradías apareciera en los albores de los tiempos
modernos, cuando la tradición cristiana afrontaba los retos de grandes cambios culturales
el humanismo emergente, el drama de la reforma protestante y la
apertura de nuevas posibilidades con el encuentro de nuevos mundos abiertos a la
evangelización.
Es en esta época, en torno al
Concilio de Trento, cuando una amplia red de hermandades y cofradías dio cauce
comunitario a las nuevas exigencias planteadas a la vida cristiana de los laicos para
ayudarles a crecer en la fe por medio de la catequesis, para evangelizar la cultura y las
artes, para dilatar la caridad llegando a las más diversas necesidades humanas. Las cofradías, cuando nacieron, perseguían el
crecimiento espiritual de sus afiliados por medio del culto a las obras de caridad entre
ellos y con los necesitados.
Las Hermandades y Cofradías
están en el origen de las asociaciones de fieles, como un signo elocuente, tanto desde el
punto de visto histórico, como del teológico y pastoral, de que éstos estaban llamados
a convertirse en sujetos conscientes de su vocación y misión en la Iglesia y en el
mundo.
Sabéis cómo el Concilio
Vaticano II recogió esa corriente, que había quedado como dormida en los últimos
siglos, profundizándola en sus fundamentos teológicos, integrándola en una
Eclesiología de comunión, convocando e impulsando la activa participación de los laicos
en la vida y misión de la Iglesia.
En esa renovada autoconciencia
eclesial se ponía de relieve la vocación y dignidad de todos los bautizados, su plena
pertenencia al misterio de comunión que es la Iglesia Cuerpo de Cristo en medio de
los hombres - y su responsabilidad evangelizadora en todos los ambientes. Se señalaba también la importancia de las
formas organizadas de apostolado seglar como respuesta a las exigencias
humanas y cristianas de los fieles y al mismo tiempo, como signo de la
comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo
Veinte años después, la
exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici recordaba que la
asociación de los fieles ha representado una línea en cierto modo constante en la
historia de la Iglesia, como lo testifican, hasta nuestros días, las variadas
confraternidades, las terceras órdenes y los diversos sodalicios. Y constata el Papa cómo hoy se asiste a una
nueva época asociativa de los fieles laicos, en la que junto al asociacionismo
tradicional y, a veces, desde sus mismas raíces, han germinado asociaciones nuevas a fin
de enriquecer la misión de la Iglesia
En esta nueva fase asociativa
de los laicos, que se abre a la misión de la Iglesia en los inicios del tercer milenio,
las Hermandades tienen un lugar importante como tarea, exigencia y desafió sí, fieles a
los motivos originarios que las constituyeron, arraigadas en su mejor tradición, y, sobre
todo, renovadas según las enseñanzas del Concilio Vaticano II y las orientaciones de sus
pastores, están dispuestas a asumir los desafíos que el mundo de hoy plantea a la vida
de los cristianos y de sus asociaciones, el alba del tercer milenio.
En la misma exhortación Christifideles
laici retoma Juan Pablo II lo que ha ido convirtiéndose cada vez en más en eje
central y apremiante durante su pontificado: Una grande, comprometedora y magnífica
empresa ha sido confiada a la Iglesia para nuestro tiempo, la de una nueva
evangelización, de la que el mundo actual tiene gran necesidad (n.64), entrando en
una nueva etapa de dinamismo misionero (n.34).
Da la impresión de que Juan Pablo II ha querido condensar, en este lema
iluminador y movilizador, la actualización del mandato misionero confiado por Cristo a su
Iglesia para esta hora magnífica y dramática de la historia (n.3)
Se trataría de pasar de una
actitud conservadora a una misionera, de superar hábitos y formas
culturales que han perdido su real ímpetu misionero, de renovarse en la santidad, en la
comunión y en la verdad de la Iglesia para abrirse, con nuevo ardor, nuevos
métodos y nueva expresión hacia quienes no creen o a los que no viven la fe
recibida en el bautismo, entre los que se cuenta un creciente número de cristianos que ya
lo son casi puramente nominales. En esta hora
ningún cristiano puede quedar ocioso en la viña del Señor.
También las Hermandades y
Cofradías necesitan imbuirse de la espiritualidad misionera que la Iglesia pide a todos
los bautizados. Cuentan con grandes
posibilidades para llegar a los alejados, pues a ellas acuden muchos, en
principio, por motivaciones culturales más que religiosas, siendo éste quizás el único
vínculo con la fe y la Iglesia. Son personas
a las que no suelen llegar ni las parroquias ni los movimientos apostólicos, personas con
las que hay que partir de donde están para hacerlas crecer, a través de un camino largo
y mediante un proceso lento y tenaz, hasta la plenitud de la fe. Eso exige que en las Juntas de Gobierno haya
cristianos bien formados, imbuidos de esta espiritualidad misionera, que sepan trabajar
humana y pastoralmente con quienes sólo cuentan con sus buenas disposiciones. Eso es saber echar el vino viejo en odres nuevos.
No es desdeñable tampoco, en
este mundo de la imagen, la evangelización que las Cofradías pueden y deben hacer a
través de las imágenes. Son millones de
personas, las que, cada año, se pasan horas contemplando, seducidos por la belleza de las
procesiones, escenas de la vida de Cristo en la calle o por la televisión. En muchos evocan recuerdos y despiertan
sentimientos religiosos dormidos. Cualquiera otra asociación se sentiría orgullosa de
suscitar esta atracción.
Tampoco se debe olvidar que las
Cofradías fueron probablemente las primeras ONGs en el mundo. Juan Pablo II nos ha recordado que ante los casos
de necesidad no se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los templos y a
los objetos preciosos del culto; al contrario, podría ser obligatorio enajenar esos
bienes para dar pan, vestido y casa a quien carece de ello. Las Cofradías están llamadas a evangelizar con
la palabra, con la caridad, con las imágenes, con la cultura.
Juan Pablo II nos ha invitado a
prestar una atención especial a la familia y a los jóvenes:
Una atención especial se
ha de prestar a la pastoral familiar, especialmente necesaria en un momento histórico
como el presente, en el que se está constatando una crisis generalizada y radical de esta
institución fundamental. En la visión
cristiana del matrimonio, la relación entre un hombres y una mujer relación
recíproca y total, única e indisoluble- responde al proyecto de Dios
, que Cristo
ha querido restaurar en su esplendor originario. En
el matrimonio, elevado a la dignidad de sacramento, se expresa el gran misterio
del amor esponsal de Cristo a su Iglesia. En
este punto la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura, aunque sea muy
extendida y a veces militante.
Hay, por otra parte, tres
grupos de personas que se están incorporando de manera masiva a la religiosidad popular y
a sus organizaciones (cofradías, hermandades, asociaciones): las mujeres, los emigrantes
y, sobre todo, los jóvenes. En todos los
lugares de España las cofradías han visto renovarse sus filas con riadas de muchachos y
muchachas que piden participar, salir en la procesión, ser miembros de la hermandad. En no pocos casos son jóvenes muy ayunos de
formación cristiana. No parece suficiente la
explicación de que se trata de una moda, un contagio, una nueva movida más lúdico -
festiva de la postmodernidad.
¿No será que la
globalización y la aceleración despersonalizante que están viviendo necesita ser
contrarrestada por una nueva relación con lo propio, la tierra, la familia, la comunidad
de origen, por una búsqueda, en definitiva, de las propias raíces personales,
individuales y colectivas? Ahí queda la pregunta.
El Papa dice que cuando se mira
a los jóvenes hay como una tendencia al
pesimismo. Y sin embargo constata que el Jubileo nos ha sorprendido,
transmitiéndonos, en cambio, el mensaje de una juventud que expresa un deseo profundo, a
pesar de las posibles ambigüedades, de aquellos valores que tienen su plenitud en Cristo. Por eso, dice el Papa, vibrando de
entusiasmo, no dudé en pedirles una opción radical de fe y de vida, señalándoles una
tarea estupenda: la de hacerse centinelas de la mañana (cf.Is.21,11-12) en
esta aurora del nuevo milenio. No
olvidéis las Cofradías prestar una especial atención
y formación a estos hermanos jóvenes. ¡ Qué hermoso si las Cofradías
fueran para ellos lugar y ámbito de encuentro con Jesucristo ¡.
Un programa de
renovación
Situado en el mismo surco de la
nueva evangelización, Juan Pablo II, convencido de que se abre para la Iglesia una
nueva etapa de su camino nos ha ofrecido un precioso programa que lleva por título:
Al comienzo del nuevo milenio. Es
una invitación a abrirnos con confianza al futuro
Imaginar un amanecer en
Galilea. Estamos a la orilla del lago, con
las barcas a punto y los aparejos dispuestos para la faena. Delante de nosotros se abre un mar dilatado y
profundo, a veces calmo y sereno, a veces con olas encrespadas y amenazadoras. Así nos contempla Juan Pablo II, y así, a
través de su voz temblorosa, pero firme, nos hace llegar, como hace veinte siglos, la
voz, cálida como un requiebro amoroso, y alentadora como brisa mañanera, el Maestro:
¡Duc in altum, Mar adentro¡ (Ic 5,4)
Está convencido el Papa de que
el reciente Jubileo ha sido como un río de agua viva, el agua del Espíritu, que se ha
derramado sobre la Iglesia, como una profecía de futuro, para que recupere nuevo impulso.
La contemplación del rostro de
Cristo, rostro del Hijo, rostro doliente del crucificado para devolver al
hombre el rostro del Padre, debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse
incluso con el rostro del pecado, rostro del Resucitado, en que la Iglesia contempla
su tesoro y su alegría- fons vera cordis gaudia
, desde la
contemplación, digo, de ese rostro la Iglesia, nuestras cofradías, retoman hoy su camino
para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio. Él, el mismo ayer, hoy y siempre
(Heb.13,8)
Primacía
de la gracia. La santidad
No se trata de elaborar
teorías, menos aún de hacer una operación de marketing para hacer creíble
y vendible el producto. Se trata, nos dirá el Papa, de situarse en el camino de la
santidad, que no es otra cosa que la comunión viva con Cristo muerto y resucitado
en la vivencia del Espíritu Santo. Se trata
de ser fieles al bautismo que nos inserta en Cristo y nos convierte en morada, casa del
Espíritu, templos vivos de Dios.
El cardenal
Ratzinger constata que la Iglesia primitiva no tuvo ninguna estrategia propia para el
anuncio de la fe a los paganos. Y sin embargo alcanzó en aquel periodo el éxito
misionero más grande de la historia. La conversión al cristianismo del mundo pagano no
fue el resultado de una acción eclesial planificada sino el fruto de la vivencia de la
fe, en cada cristiano y en toda la Iglesia.
Hay que rehacer la fe de los
cristianos. Es la cuestión capital, ineludible. Atañe a cada bautizado, a cada comunidad
cristiana, a cada asociación de fieles. Este es el motivo central de revisión, de
renovación y relanzamiento de la vida de las Hermandades y Cofradías. La participación
en esta tarea de los laicos que se adhieren a una Cofradía sólo se fragua y se templa
con una refundación radical de la experiencia cristiana, reviviendo el encuentro personal
con Jesucristo como vocación y destino de toda nuestra existencia. Sólo reviviendo el
estupor y la fascinación de su presencia, como respuesta plena a los anhelos de verdad y felicidad de nuestro corazón,
se revelan y liberan auténticas energías misioneras para una nueva evangelización.
Cuando no apunta a esta cuestión central, la participación de los laicos en una
Hermandad se limita a cumplir la funcionalidad de unos roles, a la reivindicación de
espacios de poder, o a la reducción a espectáculo o folklore, lo que no deja de ser un
deslizamiento que convierte, a la larga, nuestra condición de laicos en laicismo.
Mientras muchos se embarcan en
búsquedas espirituales esotéricas, gnósticas, de eclecticismos religiosos, de
espiritualismos evanescentes, o de un cristianismo sin Cristo o en el que Cristo ha
quedado como un recuerdo lejano, Juan Pablo II nos pone, en esta hora de gracia, ante la
realidad del Verbo hecho carne, nacido de María por obra del Espíritu Santo.
En este sentido, la importancia
que tiene la promoción del culto público por parte de las Cofradías, centrado en los
misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor, de su presencia sacramental
eucarística, en la piedad a la Sma. Virgen o en las devociones a los Santos en cuanto
discípulos ejemplares del Señor, ha de ser cada vez más interpelación para que todos y
cada uno de los miembros de la Hermandad vivan y crezcan en su Presencia viva.
Las preciosas imágenes
dignamente custodiadas y procesionadas por las Cofradías son expresión artística que
pedagógicamente han de conducir siempre a ese reconocimiento del Verbo hecho carne, del
Hijo de Dios que entregó su vida por nuestros pecados y para nuestra salvación, del
Señor resucitado y glorioso, de su Cuerpo real, sacramental, que es la iglesia, donde
sigue en la liturgia actualizando sus misterios, de su Rostro entrevisto en todos los
prójimos y, sobre todo, en los más pobre.
Tiene
sentido la participación en la vida de una Hermandad, tiene sentido su existencia misma
sólo si es un medio adecuado para expresar, vivir, compartir, y anunciar la fe de la
Iglesia a fin de que resplandezca la misericordia del padre, la gracia de Cristo y el amor
del Espíritu Santo como gloria de la Trinidad en medio de los hombres. Y sería renegar
de su mejor tradición y de su razón de ser, toda desviación que las fuera convirtiendo,
como dice Juan Pablo II en meras manifestaciones costumbristas y de folklore, sin
otro interés que el cultural, o el de la exhalación local o regional".
Somos cristianos de verdad
cuando la presencia de Cristo va cambiando todas las dimensiones de nuestra existencia, la
vida matrimonial y familiar, los afectos y amistades, el trabajo y el tiempo libre, el
modo de mirar y comprender la realidad, de juzgar los acontecimientos de la propia vida y
de la realidad social. No podemos quedar satisfechos por que salga mucha gente a la calle
detrás de las imagines o por que se llenan los templos en algunas fiestas patronales, si
eso no va acompañado, durante el año, aunque sea recomenzando siempre, por una atenta y
perseverante inversión de energías en pos de la conversión y la formación cristiana de
todos los hermanos. la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos
de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar será el más espléndido y convincente
testimonio de que la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que
el hombre viva y crezca y para que se configuren nuevos modos de vida más conformes a la
dignidad humana
La
oración, los sacramentos
Para esta pedagogía de
la santidad, nos sigue diciendo Juan Pablo II, es necesario un cristiano que se distinga
ante todo por el arte de la oración. La oración
permite mantener fresca y viva la amistad con el Señor. La oración permite encontrarnos
con Dios como Alguien, no como ideología.
Oración eminente en la vida
cristiana es la oración litúrgica. He visto, con frecuencia en el Triduo Santo, que el
cofrade pone sumo interés en la procesión y en lo que la misma conlleva, como si esto
fuera el corazón de la Semana Santa, mientras que la liturgia ocuparía un lugar
irrelevante, lo que resulta grave distorsión de las cosas. Las procesiones son solo
representaciones que recuerdan el misterio. La liturgia, por la acción del Espíritu
Santo, aunque sea realizada en la austeridad del templo, actualiza el misterio, lo hace
contemporáneo nuestro en toda fuerza santificadora. La liturgia es cumbre y fuente
de la vida eclesial. La manifestación procesional
puede y debe ser en medio de nuestras calles y plazas, una excelente catequesis que
entrando por los ojos, y tocando el corazón, ayude a participar, entender y vivir el
misterio que se hace presente y operante en la liturgia. Lo que celebramos aconteció de
una vez para siempre, no necesita repetirse, pero lo acontecido una vez se hace presente
sacramentalmente para incorporar en el dinamismo de la ofrenda de Cristo a todo su Cuerpo,
que es la Iglesia, con todos sus miembros. No entender esto puede llevar a la consecuencia
de que Jesucristo fue un personaje del pasado, admirable ciertamente, pero del pasado,
cuyo recuerdo se evoca en conmovedoras representaciones. Pero Cristo no es pasado, es el
viviente, que actúa, santifica y salva. El Concilio Vaticano II definió la liturgia como
el ejercicio del sacerdocio de Cristo.
Lo dicho no empequeñece a las
procesiones. Son catequesis admirables: ¿Quién, desde niño, no ha aprendido, gracias
precisamente a las procesiones de Semana Santa, a familiarizarse con entrada de
Jesús en Jerusalén, con la Oración de Huerto, con el Ecce Homo, con el Crucificado del
Calvario o con la Virgen de los Dolores, al contemplar, quizá sobre los hombros de
nuestros padres o en el regazo de nuestras madres, las procesiones penitenciales? ¿Y
quién no se ha conmovido ante tales escenas de dramatismo al que contribuía el golpe
rítmico de los báculos de los costaleros, el sonido ronco del tambor o el grito escapado
de las entrañas de una saeta?
Una oración intensa no aparta
del compromiso con la historia: abriendo el corazón a amor de Dios, lo abre también al
amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el corazón de
Dios dice el Papa. Y añade un poco más adelante: Se equivoca quien piense
que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial... Ante tantos modos en que
el mundo de hoy pone a prueba
la fe, no sólo serian cristianos mediocres, sino cristianos con riesgo. En
efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y
quizá acabaría por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas
religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición.
Me llamó la atención esos de
cristianos de riesgo: Cristianos que no oran, que no participan en la
liturgia, que no se acercan a los sacramentos, especialmente a la eucaristía y a la
penitencia, son cristianos de riesgo. Y lo mismo se podía decir colectivamente de las
cofradías.
En otras épocas, en que la
sociedad era globalmente cristiana, muchos tal vez se mantenían como cristianos con la
simple fe del carbonero, (dicho sea con el perdón de los carboneros). Hoy
vivimos ya en una sociedad plural, global, con múltiples ofertas culturales e
ideológicas, caminamos hacia una sociedad cada vez más pluri-étnica y pluri-religiosa.
El cristiano del futuro, de hoy, necesita una fe personalizada, iluminada, hecha
experiencia viva o en poco tiempo no será nada.
El Papa, en el programa al que
me estoy refiriendo, nos invita alimentarnos con la Palabra para ser servidores de
la Palabra en el compromiso de la evangelización. Hay Cofradías que ya están exigiendo, a los que solicitan ser
nuevos miembros, un proceso previo de catequesis, más o menos breve o más o menos largo.
Me parece una idea excelente. Y no debería existir Cofradía o Hermandad que se preciara
que no promoviera anualmente para sus miembros momentos de formación permanente, jornadas
de oración, retiros de ejercicios espirituales, para cuidar su identidad, refrescar su fe
y revisar su condición de miembros de una asociación de actúa, nada menos y nada mas
que en nombre y con la autoridad de la Iglesia.
La comunión
Otro aspecto importante
en que será necesario poner un decidido empeño programático dice el Papa
es el de la Comunión (Koinomia), que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio
de la Iglesia. La comunión es el fruto y la
manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en
nosotros a través del espíritu que Jesús nos da (cf.Rom.5,5), para hacer de todos
nosotros un solo corazón y una sola alma (Hch 4,32). Realizando esta
comunión de amor la Iglesia se manifiesta como sacramento, o sea, signo e instrumento de la intima
unión con Dios y de la unidad del género humano
Hacer de la Iglesia la
casa y la escuela de la comunión: este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en
el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a
las profundas esperanzas del mundo
El Papa explica lo que quiere
decir con esto; pero antes nos pide algo muy importante, sin lo cual la comunión no
sería posible, promover una espiritualidad de la comunión proponiéndola como principio
educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano. Espiritualidad de
comunión que significa ante todo:
·
Una mirada del corazón, sobre todo
hacia el misterio de la Trinidad, que habita en nosotros y cuya luz ha de ser reconocida
también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.
·
Capacidad de sentir al hermano de fe en
la unidad profunda del cuerpo místico y, por
tanto, como uno que me pertenece...
·
Capacidad de ver ante todo lo que hay
de positivo en el otro, para cogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un don para
mí, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.
·
Dar espacio al hermano,
llevando mutuamente la carga de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que
continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza
y envidias
La comunión empieza siendo
comunión con su fuente, la Santa Trinidad y su manifestación y fruto es la unión y el
amor entre los hermanos. La nueva evangelización ha de estar sostenida y animada por el
testimonio de unidad vivido por los discípulos, hasta hacer resonar aquel maravillado
ved como se aman.
Las Hermandades y Cofradías llevan
impresas en su propio nombre, en sus orígenes y en su historia ese ímpetu de
fraternidad, de confraternidad, que es reconocimiento del Padre común, con Jesucristo
como primogénito y el vínculo de comunión por gracia del Espíritu Santo. No basta una
mera inscripción social, ni un mero orgullo de pertenencia tradicional, ni una
participación episódica, por emotiva que sea. Si la Hermandad se reduce a la
participación en el tiempo fuerte de la Cofradía, pero no se intenta vivir a lo largo
del año como un vínculo de fraternidad, de comunión entre los hermanos, la Hermandad y
la comunión son escasas. Hay que rehacer la cristiana trabazón de las mismas
comunidades eclesiales para que se desaten energías misioneras y vaya rehaciéndose el
entramado cristiano de la sociedad humana.
El nuevo siglo debe
comprometernos más que nunca a valorar y desarrollar aquellos ámbitos e instrumentos que
según las grandes directrices del Concilio Vaticano II, sirven para asegurar y garantizar
la comunión. Estos servicios específicos de
comunión son el ministerio petrino y la colegialidad episcopal
El ministerio apostólico del Obispo
asegura en cada Iglesia particular la comunión y la fidelidad a la tradición
apostólica. Las Cofradías y Hermandades han de estar, por eso, en comunión afectiva y
efectiva con el Obispo que Dios ha escogido, consagrado y constituido para apacentar el
pueblo de Dios, dispersar los sagrados ministerios y conducir a todos en la verdad y en la
caridad. Es, por eso mismo, el Obispo quien aprueba los estatutos y confiere personalidad
jurídica para que puedan actuar no a título particular, como puede hacerlo todo
cristiano, si no en nombre de la Iglesia y con la autoridad misma de la iglesia a la hora
de promover acciones de culto publico y transmitir la doctrina cristiana. Nomine eclesial agere significa nomine auc toritatis agere, es decir las personas
jurídicas actúan en nombre de aquella autoridad eclesiástica que las constituye. Tal es la confianza que el Obispo deposita en
las cofradías es importante que las cofradías seáis conscientes del carácter
relevante, oficial y público que tenéis en la Iglesia. La personalidad jurídica
otorga a la asociación o Cofradía el ser
sujeto de derechos y deberes por si misma, diverso de las personas de los mismos
asociados, poseer patrimonio propio, órganos de gobierno que actúan en su nombre... Es
una forma de protegerla, de darle estabilidad y de facilitarle el disponer de medios en
orden a conseguir con mayor eficacia los fines que se propone alcanzar.
El noble encargo y misión que recibe
una Cofradía solo puede realizarse convenientemente desde una identidad cristiana clara y
desde un sentido profundo de pertenencia y comunión eclesial. Por eso es lógico que,
como prescribe la legislación canónica no puede ser miembro de la misma quien
notoriamente rechaza la fe católica o públicamente se apartara de la comunión
eclesiástica
Yo estoy seguro de que este espíritu
es el que os ha movido a entrar en las respectivas cofradías. Y estoy seguro de que con
parejo cariño, solicitud y confianza os contemplan vuestros obispos, que quieren estar
cerca de vosotros y ayudaros, como pastores vuestros, a realizar la hermosa misión que os
han confiado y habéis aceptado. Y estoy seguro que esto es lo que unos y otros buscáis
con este encuentro en el que tengo el honor de participar.
La comunión eclesial se manifiesta
en el cariño a la Iglesia diocesana, en la participación y colaboración en sus
actividades y actos comunitarios, en el interés por secundar los planes pastorales que el
obispo, con su Consejo Pastoral, propone, viendo la forma de colaborar en los mismos y
llevarlos a la práctica en el ámbito propio de la Hermandad o Cofradía.
La comunión eclesial se manifiesta
en la vinculación con la parroquia, en la colaboración con sus actividades y
necesidades. Como Obispo que soy de una iglesia a la que quiero con toda el alma, me duele
cuando algún párroco no apoya, no acompaña, no alienta y no siente como propias las
cofradías. Y me duele cuando alguna cofradía no quiere cuentas con la parroquia, ni con
sus actividades, ni con sus necesidades.
En la Iglesia nadie va por libre. Y
todo lo que no sea vivir la comunión es dificultar o imposibilitar la evangelización. Lo
mismo cabría decir sobre la intercomunión con otras asociaciones de fieles, bien que se
dediquen a algún tipo de apostolado concreto o actividades caritativas.
Vivir en la comunión eclesial es hoy
especialmente necesario: Vivimos una cultura del relativismo, del subjetivismo, del
fragmento, de todo vale, de desconfianza de la verdad y de alergia a todo lo
que se presente con un carácter definitivo. Decía al principio que el problema no estaba sólo afuera, sino en casa, en nuestra propia
Iglesia. Existen cada vez más cristianos que, influidos por el ambiente, tienden a
escoger de la Tradición cristiana, del Credo o del Magisterio de la Iglesia aquello que
sirve para fabricarse su propio menú, muy al gusto del consumidor. Cualquier
alimento es intercambiable dentro del supermercado de gustos y preferencias
subjetivos. Puede darse el caso de que hoy se tiren cohetes en honor de la Asunción de
María al Cielo y mañana se proclame sin pudor la
creencia en la reencarnación. Las cofradías han de cuidar por eso que sus fieles vivan
en comunión con la fe de la Iglesia, con el Magisterio del Papa y los Obispos, con el
Catecismo de la Iglesia Católica. De las Hermandades, y sobre todo de
sus dirigentes, hay que esperar la confirmación de una adhesión firme, fiel y total a la
enseñanza de la Iglesia.
La
Caridad
No pocas Cofradías y asociaciones
han surgido en la Iglesia con una finalidad socio caritativa. Algunas tienen tras de
sí una historia gloriosa en este campo. El Papa nos invita, al inicio del nuevo milenio a
apostar por la caridad. Este es
un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la
programación pastoral.
Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de
Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él
mismo ha querido identificarse
Cita el Papa a continuación el
famoso capítulo 25 del Evangelio de San mateo: Tuve hambre, estuve desnudo, fui
forastero
Y añade unas afirmaciones que, por sabidas, no dejan de sorprender:
Esta página no es una simple invitación a la caridad; es una página de cristología,
que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad
como esposa de Cristo, no menos sobre el ámbito de la ortodoxia.
En un mundo cargado de
contradicciones, en que, por una parte, se da un asombroso crecimiento económico,
tecnológico y cultural y, por otra, millones y millones de personas mueren de hambre,
están condenadas al analfabetismo o carecen de asistencia médica y de cobijo, toda la
Iglesia, también las Cofradías y Hermandades, tendremos que preguntarnos por nuestra
fidelidad al Señor si no hacemos todo lo que esté en nuestras manos para remediarlo.
Y el Papa nos recuerda las nuevas
pobrezas de los que quedan expuestos a
la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad
avanzada o en la enfermedad, a la
marginación o a la discriminación social
El cristiano que se asoma a
este panorama, debe aprender a hacer un acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento
que Él dirige desde este mundo de la pobreza
En esta misma línea, el Santo Padre nos invita a ser profundamente sensibles a otros
retos que marcan el momento presente: el desequilibrio ecológico, los problemas de la
paz, el vilipendio de los derechos humanos fundamentales, el respeto a la vida de cada ser
humano desde la concepción hasta la muerte natural, las nuevas potencialidades de la
técnica, especialmente la biotecnología y su relación con la ética.
Nos advierte el Papa que en estos
campos, tan delicados como controvertidos, los cristianos hemos de hacer un gran
esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia,
subrayando sobre todo que no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe,
sino de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano
La caridad se convertirá
entonces necesariamente en servicio a la cultura, a la política, a la economía, a la familia, para que en todas partes se respeten los principios
fundamentales de los que depende el destino del ser humano y el futuro de
la civilización
Este es el campo propio del ejercicio
de la vocación de los laicos, llamados como tales a buscar el Reino de Dios
ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios
Conclusión:
El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra.
Hemos de agudizar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para
convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. El mandato misionero nos introduce en el
tercer milenio invitándonos a mantener el mismo entusiasmo de los cristianos de los
primeros tiempos. Nos acompaña en este
camino la Santísima Virgen, Estrella de la Nueva Evangelización. Que Jesús
resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose reconocer como a los
discípulos de Emaús al partir el pan nos encuentre vigilantes y preparados
para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos para llevarles el anuncio:
Hemos visto al Señor (Jn.20,25)
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