Ciriaco Benavente

LAS COFRADÍAS ANTE EL NUEVO SIGLO.
MISIÓN EVANGELIZADORA COMO MIEMBROS
INTEGRANTES DE LA IGLESIA

 Excmo. y Rvmo. Sr. D. Ciriaco Benavente Mateos

 Obispo de la Diócesis de Coria – Cáceres

El Sueño de un cofrade

El texto apareció en varias revistas “Cofrades” de 1.998. Os lo resumo:

“Quiero soñar en unas Cofradías que lo sean de verdad: verdaderos hervideros de amor a Dios y al prójimo; auténticos núcleos de espiritualidad y transformación interior, capaces de crear mayor justicia para los más pobres, genuinos Cenáculos donde Cristo pueda enseñarnos su palabra, su catequesis, su liturgia, su presencia en los sacramentos.

Quiero soñar en unas Cofradías profundas, profundamente espirituales, profundamente formativas solidarias. No me da la gana de vivir la pesadilla que otorga a las Hermandades el rincón de lo folclórico …”

El sueño del cofrade citado es también vuestro sueño, y es el sueño de vuestros obispos que estiman vuestras cofradías y la religiosidad que promueven. Porque os estiman han aprobado vuestros estatutos, reconociendo y otorgando a las mismas personalidad canónica, dándoles como tales carta de ciudadanía eclesial, para actuar, nada menos y nada más, “en nombre de la Iglesia”

Aprecio y estima por la Iglesia de la llamada “Religiosidad Popular”

La Iglesia ha manifestado reiteradamente su aprecio y estima por la religiosidad Popular. Pablo VI no dudó en considerarla como un aspecto importante de la evangelización que no puede dejarnos insensibles, pues en ella se descubren expresiones particulares de búsqueda de Dios y de fe. “Cuando está bien orientada, sobre todo mediante una pedagogía de evangelización, contiene muchos valores. Refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capa de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe”

Y Juan Pablo II no ha sido menos: “la religiosidad popular debe ser respetada y cultivada, como una forma de compromiso cristiano con las exigencias fundamentales del mensaje evangélico; integrando la acción de las Hermandades en la pastoral renovada del Concilio Vaticano II, purificándolas de reservas ante el ministerio sacerdotal y alejándolas de cualquier tensión interesada y partidista. De este modo, esa religiosidad podrá ser un válido camino hacia la plenitud de salvación en Cristo”

En la religiosidad popular, junto a valores de tradición histórica, de expresión folklórica y de belleza natural y plástica, se conjugan ricos sentimientos de amistad compartida, igualdad de trato y valor de todo lo bello que la vida encierra en el común gozo de la fiesta. Pero en las raíces profundas de este fenómeno religioso y cultural, aparecen auténticos valores espirituales de la fe en Dios, del reconocimiento de Cristo como Hijo de Dios y Salvador de los hombres, el amor y devoción a la Virgen y de la fraternidad cristiana que nace de sabernos hijos del mismo Padre celestial. Desligar la manifestación de la religiosidad popular de sus raíces evangélicas de fe, reduciéndola a mera expresión folklórica costumbrista, seria traicionar su verdadera esencia.

Manifestar a Cristo en sus misterios, en el carácter entrañable de la Navidad, en el penitencial de la Semana Santa o en el gozoso de su resurrección, promover la devoción a la Eucaristía, fomentar la devoción a la Sma. Virgen en su dolor de madre del “Varón de Dolores o en los diversos patronazgos sobre pueblos y ciudades, alentar la devoción a los santos, como patronos y protectores y como seguidores fieles de Jesús, o la intercesión por los difuntos son todos motivos nobilísimos que pertenecen a la entraña del misterio cristiano. Son un conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y de las expresiones que la manifiestan. La Religiosidad popular se ha constituido, no pocas veces, en matriz cultural de los pueblos y en vehículo de evangelización para el pueblo mismo. A través de tales manifestaciones, se han acercado a Dios preferentemente la gente pobre y sencilla que no tenía otro acceso a la fe.

Es verdad que, a veces, en estas manifestaciones religiosas se han mezclado la superstición, la magia, el fetichismo, el ritualismo o han sido sometidas a manipulaciones ideológicas, económicas o políticas. Pero ni es menos cierto que a la religiosidad popular ha ido unida casi siempre una conciencia fuerte de dignidad personal y de fraternidad solidaria, la conciencia de pecado y la necesidad de expiación; la capacidad de expresar la fe de manera comunitaria y en un lenguaje total (canto, imágenes, gestos, color, danza). La Religiosidad popular ha suscitado la sensibilidad por la peregrinación como símbolo de la existencia humana y cristiana; ha tenido y tiene la capacidad de movilizar multitudes.

“La Religiosidad popular constituye uno de los accesos más directos y penetrantes hasta el corazón y el ser de un pueblo” decían los obispos andaluces en un excelente documento de trabajo del año 75. Y añadían:: “En nuestro catolicismo popular aparece, ante todo, la presencia básica y decisiva de elementos de verdadera fe cristiana. Es cierto que con frecuencia los hallamos deformados, incipientes o sin madurez y que el modo cómo los entiende esa fe popular no coincide siempre perfectamente con los contenidos revelados y requieren una profundización catequética …, pero se trata de verdadera fe en Cristo. Hasta tal punto esto es verdad que la situación religiosa de nuestras regiones puede definirse, de hecho, por el catolicismo popular que es propio y peculiar de sus gentes. Sobre esa realidad global de base descansa cuanto existe, a los demás niveles, en nuestras iglesias diocesanas”

Probablemente la última afirmación de los obispos andaluces tendría que ser matizada, teniendo en cuenta las nuevas y definidas realidades que han ido brotando en la Iglesia, pero la afirmación conserva buena parte de su valor.

De esas convicciones partimos. Desde ahí queremos imprimir nuevo vigor y fuerza evangelizadora a nuestras Hermandades y Cofradías, para responder al desafió que los nuevos tiempos presentan a la fe cristiana y a las instituciones que la sustentan.

Los desafíos de la hora actual a las Cofradías y a la Iglesia.

Si en los años sesenta, el concilio ya advertía que “multitudes crecientes se alejaban de la religión“ (G.S.7), veinte años después de la exhortación “Christifideles laici” afirmaba lo siguiente: “Enteros países y naciones en las que en un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes … están ahora sometidos a dura prueba e incluso alguna que otra vez son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo”. Grandes masas de hombres, aún entre los bautizados, viven “como si Dios no existiera”. Pero también “en otras relaciones o naciones en que todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristianas, ese patrimonio moral y espiritual corre el riesgo de ser desperdigado”

Ya no se puede vivir en las rentas del tradicional y rico patrimonio de “cristiandades” en descomposición. La tradición católica resulta cada vez más agredida, erosionada, debilitada en su capacidad de transmitir la fe, debido a las vigencias culturales de hoy. Los ídolos del poder, de la riqueza y del placer van introduciendo en el alma de nuestro pueblo un individualismo radical, un relativismo moral y un nihilismo conformista y anulador de todo sentido e ideal de vida, en que lo religioso queda reducido, si acaso, a una especie de subproducto vago, ecléctico, irracional del supermercado global.

Poderosos medios de comunicación, con influjos cada vez más persuasivos y capilares, van conformando las actitudes y los comportamientos humanos. Nuestra sociedad consumista convierte en producto de consumo todo lo que toca. Las romerías y procesiones se convierten en realidades de interés turístico, olvidando quizá su sentido originario, lo que puede llevarles a perder su sustancia real.

“El ambiente en que vive la Iglesia en España, dice el borrador del Plan Pastoral de la conferencia episcopal, constituye una fuente fundamental y permanente de dificultades para su vida y misión. Influye directamente en aspectos tan graves como el cuestionamiento de Jesucristo en cuanto único Salvador, la crisis de fe, el debilitamiento de su transmisión, la escasez de vocaciones, el cansancio de los evangelizadores… Pero la cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiente, como en su propio interior, es un problema de casa y no sólo de fuera… El problema de fondo, al que una pastoral de futuro tiene que prestar la máxima atención, es la secularización interna”. Es un momento, pues, de crisis, de tentación, pero también de llamada fuerte a despertar un vigoroso dinamismo misionero. A grandes males, grandes remedios.

Las Cofradías pasaron por una situación ambigua en los años 80, una tentación que persiste y a la que me parece importante que sigamos prestando atención, pues los diversos poderes de turno, intencionada o no intencionadamente, no cejarán en su empeño. En estos años los análisis de Antonio Gramsci, los más críticos, agudos y penetrantes que se han hecho del catolicismo desde la perspectiva del ateísmo político y filosófico, se adoptaron también en España. Se tomaban muy en serio los elementos populares, fueran o no religiosos, en orden a edificar una civilización total”. La táctica no era atacar de frente la religiosidad que estaba tan arraigada en el pueblo, pues el efecto habría sido el opuesto, sino defender y promover esos elementos populares y folklóricos que tanto gustan al pueblo, pero no en cuanto religiosos, sino en cuanto culturales, convirtiendo así la religión en cultura popular, propia del pueblo, no de la Iglesia, y menos de la jerarquía eclesiástica. Algunas cofradías, muy vinculadas a las fiestas populares cayeron en la trampa. Así empezó su secularización interna.

La respuesta: Una nueva evangelización

Existen encrucijadas históricas, de crisis cultural y espiritual, que son momentos de sutiles tentaciones que llegan a poner en entredicho no sólo lo que hacemos, sino lo que somos; pero son también momentos de llamada a una especial hondura que pueden favorecer, por eso mismo, el dinamismo misionero de la Iglesia.

Las exigencias y urgencias con que el Papa nos llama a todos a una nueva evangelización son proporcionales a los nuevos desafíos a la vida cristiana y a la misión de la Iglesia en la hora actual.

No es casualidad que el más pujante desarrollo de Hermandades y Cofradías apareciera en los albores de los tiempos modernos, cuando la tradición cristiana afrontaba los retos de grandes cambios culturales –el humanismo emergente, el drama de la “reforma protestante” – y la apertura de nuevas posibilidades con el encuentro de nuevos mundos abiertos a la evangelización.

Es en esta época, en torno al Concilio de Trento, cuando una amplia red de hermandades y cofradías dio cauce comunitario a las nuevas exigencias planteadas a la vida cristiana de los laicos para ayudarles a crecer en la fe por medio de la catequesis, para evangelizar la cultura y las artes, para dilatar la caridad llegando a las más diversas necesidades humanas. Las cofradías, cuando nacieron, perseguían el crecimiento espiritual de sus afiliados por medio del culto a las obras de caridad entre ellos y con los necesitados.

Las Hermandades y Cofradías están en el origen de las asociaciones de fieles, como un signo elocuente, tanto desde el punto de visto histórico, como del teológico y pastoral, de que éstos estaban llamados a convertirse en sujetos conscientes de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo.

“Sabéis cómo el Concilio Vaticano II recogió esa corriente, que había quedado como dormida en los últimos siglos, profundizándola en sus fundamentos teológicos, integrándola en una Eclesiología de comunión, convocando e impulsando la activa participación de los laicos en la vida y misión de la Iglesia.

En esa renovada autoconciencia eclesial se ponía de relieve la vocación y dignidad de todos los bautizados, su plena pertenencia al misterio de comunión que es la Iglesia –Cuerpo de Cristo en medio de los hombres – y su responsabilidad evangelizadora en todos los ambientes. Se señalaba también la “importancia de las formas organizadas de apostolado seglar” como respuesta a “las exigencias humanas y cristianas de los fieles” y “al mismo tiempo, como signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo”

Veinte años después, la exhortación apostólica postsinodal “Christifideles laici” recordaba que la asociación de los fieles ha representado una línea en cierto modo constante en la historia de la Iglesia, como lo testifican, hasta nuestros días, las variadas confraternidades, las terceras órdenes y los diversos sodalicios”. Y constata el Papa cómo hoy se asiste a “una nueva época asociativa de los fieles laicos”, en la que junto al asociacionismo tradicional y, a veces, desde sus mismas raíces, han germinado asociaciones nuevas a fin de enriquecer la misión de la Iglesia”

En esta nueva fase asociativa de los laicos, que se abre a la misión de la Iglesia en los inicios del tercer milenio, las Hermandades tienen un lugar importante como tarea, exigencia y desafió sí, fieles a los motivos originarios que las constituyeron, arraigadas en su mejor tradición, y, sobre todo, renovadas según las enseñanzas del Concilio Vaticano II y las orientaciones de sus pastores, están dispuestas a asumir los desafíos que el mundo de hoy plantea a la vida de los cristianos y de sus asociaciones, el alba del tercer milenio.

En la misma exhortación “Christifideles laici” retoma Juan Pablo II lo que ha ido convirtiéndose cada vez en más en eje central y apremiante durante su pontificado: “Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia” para nuestro tiempo, “la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene gran necesidad” (n.64), entrando en una “nueva etapa de dinamismo misionero” (n.34). Da la impresión de que Juan Pablo II ha querido condensar, en este lema iluminador y movilizador, la actualización del mandato misionero confiado por Cristo a su Iglesia” para esta hora magnífica y dramática de la historia” (n.3)

Se trataría de pasar de una actitud “conservadora” a una “misionera”, de superar hábitos y formas culturales que han perdido su real ímpetu misionero, de renovarse en la santidad, en la comunión y en la verdad de la Iglesia para abrirse, con “nuevo ardor, nuevos métodos y nueva expresión” hacia quienes no creen o a los que no viven la fe recibida en el bautismo, entre los que se cuenta un creciente número de cristianos que ya lo son casi puramente nominales. En esta hora ningún cristiano puede quedar ocioso en la viña del Señor.

También las Hermandades y Cofradías necesitan imbuirse de la espiritualidad misionera que la Iglesia pide a todos los bautizados. Cuentan con grandes posibilidades para llegar a “los alejados”, pues a ellas acuden muchos, en principio, por motivaciones culturales más que religiosas, siendo éste quizás el único vínculo con la fe y la Iglesia. Son personas a las que no suelen llegar ni las parroquias ni los movimientos apostólicos, personas con las que hay que partir de donde están para hacerlas crecer, a través de un camino largo y mediante un proceso lento y tenaz, hasta la plenitud de la fe. Eso exige que en las Juntas de Gobierno haya cristianos bien formados, imbuidos de esta espiritualidad misionera, que sepan trabajar humana y pastoralmente con quienes sólo cuentan con sus buenas disposiciones. Eso es saber echar el vino viejo en odres nuevos.

No es desdeñable tampoco, en este mundo de la imagen, la evangelización que las Cofradías pueden y deben hacer a través de las imágenes. Son millones de personas, las que, cada año, se pasan horas contemplando, seducidos por la belleza de las procesiones, escenas de la vida de Cristo en la calle o por la televisión. En muchos evocan recuerdos y despiertan sentimientos religiosos dormidos. Cualquiera otra asociación se sentiría orgullosa de suscitar esta atracción.

Tampoco se debe olvidar que las Cofradías fueron probablemente las primeras ONGs en el mundo. Juan Pablo II nos ha recordado que ante los casos de necesidad “no se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los templos y a los objetos preciosos del culto; al contrario, podría ser obligatorio enajenar esos bienes para dar pan, vestido y casa a quien carece de ello”. Las Cofradías están llamadas a evangelizar con la palabra, con la caridad, con las imágenes, con la cultura.

Juan Pablo II nos ha invitado a prestar una atención especial a la familia y a los jóvenes:

“Una atención especial se ha de prestar a la pastoral familiar, especialmente necesaria en un momento histórico como el presente, en el que se está constatando una crisis generalizada y radical de esta institución fundamental. En la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombres y una mujer –relación recíproca y total, única e indisoluble- responde al proyecto de Dios …, que Cristo ha querido restaurar en su esplendor originario. En el matrimonio, elevado a la dignidad de sacramento, se expresa el “gran misterio” del amor esponsal de Cristo a su Iglesia. En este punto la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura, aunque sea muy extendida y a veces militante.

Hay, por otra parte, tres grupos de personas que se están incorporando de manera masiva a la religiosidad popular y a sus organizaciones (cofradías, hermandades, asociaciones): las mujeres, los emigrantes y, sobre todo, los jóvenes. En todos los lugares de España las cofradías han visto renovarse sus filas con riadas de muchachos y muchachas que piden participar, salir en la procesión, ser miembros de la hermandad. En no pocos casos son jóvenes muy ayunos de formación cristiana. No parece suficiente la explicación de que se trata de una moda, un contagio, una nueva movida más lúdico – festiva de la postmodernidad.

¿No será que la globalización y la aceleración despersonalizante que están viviendo necesita ser contrarrestada por una nueva relación con lo propio, la tierra, la familia, la comunidad de origen, por una búsqueda, en definitiva, de las propias raíces personales, individuales y colectivas? Ahí queda la pregunta.

El Papa dice que cuando se mira a los jóvenes hay como una tendencia al pesimismo. Y sin embargo constata que el Jubileo “nos ha sorprendido, transmitiéndonos, en cambio, el mensaje de una juventud que expresa un deseo profundo, a pesar de las posibles ambigüedades, de aquellos valores que tienen su plenitud en Cristo”. “Por eso, dice el Papa, vibrando de entusiasmo, no dudé en pedirles una opción radical de fe y de vida, señalándoles una tarea estupenda: la de hacerse “centinelas de la mañana” (cf.Is.21,11-12) en esta aurora del nuevo milenio”. No olvidéis las Cofradías prestar una especial atención y formación a estos hermanos jóvenes. ¡ Qué hermoso si las Cofradías fueran para ellos lugar y ámbito de encuentro con Jesucristo ¡.

Un programa de renovación

Situado en el mismo surco de la nueva evangelización, Juan Pablo II, convencido de que “se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino” nos ha ofrecido un precioso programa que lleva por título: “Al comienzo del nuevo milenio”. Es una invitación “a abrirnos con confianza al futuro”

Imaginar un amanecer en Galilea. Estamos a la orilla del lago, con las barcas a punto y los aparejos dispuestos para la faena. Delante de nosotros se abre un mar dilatado y profundo, a veces calmo y sereno, a veces con olas encrespadas y amenazadoras. Así nos contempla Juan Pablo II, y así, a través de su voz temblorosa, pero firme, nos hace llegar, como hace veinte siglos, la voz, cálida como un requiebro amoroso, y alentadora como brisa mañanera, el Maestro: “¡Duc in altum, Mar adentro¡” (Ic 5,4)

Está convencido el Papa de que el reciente Jubileo ha sido como un río de agua viva, el agua del Espíritu, que se ha derramado sobre la Iglesia, como una profecía de futuro, para que recupere nuevo impulso.

La contemplación del rostro de Cristo, rostro del Hijo, rostro doliente del crucificado –“para devolver al hombre el rostro del Padre, debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso con el rostro del pecado”, rostro del Resucitado, en que la Iglesia contempla su tesoro y su alegría- “fons vera cordis gaudia” …, desde la contemplación, digo, de ese rostro la Iglesia, nuestras cofradías, retoman hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio. Él, “el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb.13,8)

Primacía de la gracia. La santidad

No se trata de elaborar teorías, menos aún de hacer una operación de “marketing” para hacer creíble y vendible el producto. Se trata, nos dirá el Papa, de “situarse en el camino de la santidad”, que no es otra cosa que la comunión viva con Cristo muerto y resucitado en la vivencia del Espíritu Santo. Se trata de ser fieles al bautismo que nos inserta en Cristo y nos convierte en morada, casa del Espíritu, templos vivos de Dios.

El cardenal Ratzinger constata que la Iglesia primitiva no tuvo ninguna estrategia propia para el anuncio de la fe a los paganos. Y sin embargo alcanzó en aquel periodo el éxito misionero más grande de la historia. La conversión al cristianismo del mundo pagano no fue el resultado de una acción eclesial planificada sino el fruto de la vivencia de la fe, en cada cristiano y en toda la Iglesia.

Hay que rehacer la fe de los cristianos. Es la cuestión capital, ineludible. Atañe a cada bautizado, a cada comunidad cristiana, a cada asociación de fieles. Este es el motivo central de revisión, de renovación y relanzamiento de la vida de las Hermandades y Cofradías. La participación en esta tarea de los laicos que se adhieren a una Cofradía sólo se fragua y se templa con una refundación radical de la experiencia cristiana, reviviendo el encuentro personal con Jesucristo como vocación y destino de toda nuestra existencia. Sólo reviviendo el estupor y la fascinación de su presencia, como respuesta plena a los anhelos de verdad y felicidad de nuestro corazón, se revelan y liberan auténticas energías misioneras para una nueva evangelización. Cuando no apunta a esta cuestión central, la participación de los laicos en una Hermandad se limita a cumplir la funcionalidad de unos roles, a la reivindicación de espacios de poder, o a la reducción a espectáculo o folklore, lo que no deja de ser un deslizamiento que convierte, a la larga, nuestra condición de laicos en laicismo.

Mientras muchos se embarcan en búsquedas espirituales esotéricas, gnósticas, de eclecticismos religiosos, de espiritualismos evanescentes, o de un cristianismo sin Cristo o en el que Cristo ha quedado como un recuerdo lejano, Juan Pablo II nos pone, en esta hora de gracia, ante la realidad del Verbo hecho carne, nacido de María por obra del Espíritu Santo.

En este sentido, la importancia que tiene la promoción del culto público por parte de las Cofradías, centrado en los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor, de su presencia sacramental eucarística, en la piedad a la Sma. Virgen o en las devociones a los Santos en cuanto discípulos ejemplares del Señor, ha de ser cada vez más interpelación para que todos y cada uno de los miembros de la Hermandad vivan y crezcan en su Presencia viva.

Las preciosas imágenes dignamente custodiadas y procesionadas por las Cofradías son expresión artística que pedagógicamente han de conducir siempre a ese reconocimiento del Verbo hecho carne, del Hijo de Dios que entregó su vida por nuestros pecados y para nuestra salvación, del Señor resucitado y glorioso, de su Cuerpo real, sacramental, que es la iglesia, donde sigue en la liturgia actualizando sus misterios, de su Rostro entrevisto en todos los “prójimos” y, sobre todo, en los más pobre.

Tiene sentido la participación en la vida de una Hermandad, tiene sentido su existencia misma sólo si es un medio adecuado para expresar, vivir, compartir, y anunciar la fe de la Iglesia a fin de que resplandezca la misericordia del padre, la gracia de Cristo y el amor del Espíritu Santo como gloria de la Trinidad en medio de los hombres. Y sería renegar de su mejor tradición y de su razón de ser, toda desviación que las fuera convirtiendo, como dice Juan Pablo II “en meras manifestaciones costumbristas y de folklore, sin otro interés que el cultural, o el de la exhalación local o regional”.

Somos cristianos de verdad cuando la presencia de Cristo va cambiando todas las dimensiones de nuestra existencia, la vida matrimonial y familiar, los afectos y amistades, el trabajo y el tiempo libre, el modo de mirar y comprender la realidad, de juzgar los acontecimientos de la propia vida y de la realidad social. No podemos quedar satisfechos por que salga mucha gente a la calle detrás de las imagines o por que se llenan los templos en algunas fiestas patronales, si eso no va acompañado, durante el año, aunque sea recomenzando siempre, por una atenta y perseverante inversión de energías en pos de la conversión y la formación cristiana de todos los hermanos. “la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar será el más espléndido y convincente testimonio de que la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca y para que se configuren nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana”16

La oración, los sacramentos

“Para esta pedagogía de la santidad, nos sigue diciendo Juan Pablo II, es necesario un cristiano que se distinga ante todo por el arte de la oración”17. La oración permite mantener fresca y viva la amistad con el Señor. La oración permite encontrarnos con Dios como Alguien, no como ideología.

Oración eminente en la vida cristiana es la oración litúrgica. He visto, con frecuencia en el Triduo Santo, que el cofrade pone sumo interés en la procesión y en lo que la misma conlleva, como si esto fuera el corazón de la Semana Santa, mientras que la liturgia ocuparía un lugar irrelevante, lo que resulta grave distorsión de las cosas. Las procesiones son solo representaciones que recuerdan el misterio. La liturgia, por la acción del Espíritu Santo, aunque sea realizada en la austeridad del templo, actualiza el misterio, lo hace contemporáneo nuestro en toda fuerza santificadora. “La liturgia es cumbre y fuente de la vida eclesial”18. La manifestación procesional puede y debe ser en medio de nuestras calles y plazas, una excelente catequesis que entrando por los ojos, y tocando el corazón, ayude a participar, entender y vivir el misterio que se hace presente y operante en la liturgia. Lo que celebramos aconteció de una vez para siempre, no necesita repetirse, pero lo acontecido una vez se hace presente sacramentalmente para incorporar en el dinamismo de la ofrenda de Cristo a todo su Cuerpo, que es la Iglesia, con todos sus miembros. No entender esto puede llevar a la consecuencia de que Jesucristo fue un personaje del pasado, admirable ciertamente, pero del pasado, cuyo recuerdo se evoca en conmovedoras representaciones. Pero Cristo no es pasado, es el viviente, que actúa, santifica y salva. El Concilio Vaticano II definió la liturgia como “el ejercicio del sacerdocio de Cristo”.

Lo dicho no empequeñece a las procesiones. Son catequesis admirables: ¿Quién, desde niño, no ha aprendido, gracias precisamente a las procesiones de Semana Santa, a familiarizarse con “entrada de Jesús en Jerusalén, con la Oración de Huerto, con el Ecce Homo, con el Crucificado del Calvario o con la Virgen de los Dolores, al contemplar, quizá sobre los hombros de nuestros padres o en el regazo de nuestras madres, las procesiones penitenciales? ¿Y quién no se ha conmovido ante tales escenas de dramatismo al que contribuía el golpe rítmico de los báculos de los costaleros, el sonido ronco del tambor o el grito escapado de las entrañas de una saeta?

“Una oración intensa no aparta del compromiso con la historia: abriendo el corazón a amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el corazón de Dios” dice el Papa. Y añade un poco más adelante: “Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial… Ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serian cristianos mediocres, sino “cristianos con riesgo”. En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizá acabaría por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición”.19

Me llamó la atención esos de “cristianos de riesgo”: Cristianos que no oran, que no participan en la liturgia, que no se acercan a los sacramentos, especialmente a la eucaristía y a la penitencia, son cristianos de riesgo. Y lo mismo se podía decir colectivamente de las cofradías.

En otras épocas, en que la sociedad era globalmente cristiana, muchos tal vez se mantenían como cristianos con la simple fe del “carbonero”, (dicho sea con el perdón de los carboneros). Hoy vivimos ya en una sociedad plural, global, con múltiples ofertas culturales e ideológicas, caminamos hacia una sociedad cada vez más pluri-étnica y pluri-religiosa. El cristiano del futuro, de hoy, necesita una fe personalizada, iluminada, hecha experiencia viva o en poco tiempo no será nada.

El Papa, en el programa al que me estoy refiriendo, nos invita “alimentarnos con la Palabra para ser servidores de la Palabra en el compromiso de la evangelización”. Hay Cofradías que ya están exigiendo, a los que solicitan ser nuevos miembros, un proceso previo de catequesis, más o menos breve o más o menos largo. Me parece una idea excelente. Y no debería existir Cofradía o Hermandad que se preciara que no promoviera anualmente para sus miembros momentos de formación permanente, jornadas de oración, retiros de ejercicios espirituales, para cuidar su identidad, refrescar su fe y revisar su condición de miembros de una asociación de actúa, nada menos y nada mas que en nombre y con la autoridad de la Iglesia.

La comunión

“Otro aspecto importante en que será necesario poner un decidido empeño programático – dice el Papa – es el de la Comunión (Koinomia), que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del espíritu que Jesús nos da (cf.Rom.5,5), para hacer de todos nosotros “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32). Realizando esta comunión de amor la Iglesia se manifiesta como “sacramento”, o sea, “signo e instrumento de la intima unión con Dios y de la unidad del género humano”20

“Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”21

El Papa explica lo que quiere decir con esto; pero antes nos pide algo muy importante, sin lo cual la comunión no sería posible, promover una espiritualidad de la comunión proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano. Espiritualidad de comunión que significa ante todo:

· Una mirada del corazón, sobre todo hacia el misterio de la Trinidad, que habita en nosotros y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

· Capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del cuerpo místico y, por tanto, como uno que me pertenece…

· Capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para cogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para mí,” además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.

· “Dar espacio al hermano”, llevando mutuamente la carga de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias22

La comunión empieza siendo comunión con su fuente, la Santa Trinidad y su manifestación y fruto es la unión y el amor entre los hermanos. La nueva evangelización ha de estar sostenida y animada por el testimonio de unidad vivido por los discípulos, hasta hacer resonar aquel maravillado “ved como se aman”.

Las Hermandades y Cofradías llevan impresas en su propio nombre, en sus orígenes y en su historia ese ímpetu de fraternidad, de confraternidad, que es reconocimiento del Padre común, con Jesucristo como primogénito y el vínculo de comunión por gracia del Espíritu Santo. No basta una mera inscripción social, ni un mero orgullo de pertenencia tradicional, ni una participación episódica, por emotiva que sea. Si la Hermandad se reduce a la participación en el tiempo fuerte de la Cofradía, pero no se intenta vivir a lo largo del año como un vínculo de fraternidad, de comunión entre los hermanos, la Hermandad y la comunión son escasas. “Hay que rehacer la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales para que se desaten energías misioneras y vaya rehaciéndose el entramado cristiano de la sociedad humana”.23

“El nuevo siglo debe comprometernos más que nunca a valorar y desarrollar aquellos ámbitos e instrumentos que según las grandes directrices del Concilio Vaticano II, sirven para asegurar y garantizar la comunión”24. Estos “servicios específicos de comunión son el ministerio petrino y la colegialidad episcopal”25

El ministerio apostólico del Obispo asegura en cada Iglesia particular la comunión y la fidelidad a la tradición apostólica. Las Cofradías y Hermandades han de estar, por eso, en comunión afectiva y efectiva con el Obispo que Dios ha escogido, consagrado y constituido para apacentar el pueblo de Dios, dispersar los sagrados ministerios y conducir a todos en la verdad y en la caridad. Es, por eso mismo, el Obispo quien aprueba los estatutos y confiere personalidad jurídica para que puedan actuar no a título particular, como puede hacerlo todo cristiano, si no en nombre de la Iglesia y con la autoridad misma de la iglesia a la hora de promover acciones de culto publico y transmitir la doctrina cristiana.26 “Nomine eclesial agere significa nomine auc toritatis agere, es decir las personas jurídicas actúan en nombre de aquella autoridad eclesiástica que las constituye”27. Tal es la confianza que el Obispo deposita en las cofradías es importante que las cofradías seáis conscientes del carácter relevante, oficial y público que tenéis en la Iglesia. “La personalidad jurídica otorga a la asociación o Cofradía el ser sujeto de derechos y deberes por si misma, diverso de las personas de los mismos asociados, poseer patrimonio propio, órganos de gobierno que actúan en su nombre… Es una forma de protegerla, de darle estabilidad y de facilitarle el disponer de medios en orden a conseguir con mayor eficacia los fines que se propone alcanzar.”28

El noble encargo y misión que recibe una Cofradía solo puede realizarse convenientemente desde una identidad cristiana clara y desde un sentido profundo de pertenencia y comunión eclesial. Por eso es lógico que, como prescribe la legislación canónica no puede ser miembro de la misma quien notoriamente rechaza la fe católica o públicamente se apartara de la comunión eclesiástica”29

Yo estoy seguro de que este espíritu es el que os ha movido a entrar en las respectivas cofradías. Y estoy seguro de que con parejo cariño, solicitud y confianza os contemplan vuestros obispos, que quieren estar cerca de vosotros y ayudaros, como pastores vuestros, a realizar la hermosa misión que os han confiado y habéis aceptado. Y estoy seguro que esto es lo que unos y otros buscáis con este encuentro en el que tengo el honor de participar.

La comunión eclesial se manifiesta en el cariño a la Iglesia diocesana, en la participación y colaboración en sus actividades y actos comunitarios, en el interés por secundar los planes pastorales que el obispo, con su Consejo Pastoral, propone, viendo la forma de colaborar en los mismos y llevarlos a la práctica en el ámbito propio de la Hermandad o Cofradía.

La comunión eclesial se manifiesta en la vinculación con la parroquia, en la colaboración con sus actividades y necesidades. Como Obispo que soy de una iglesia a la que quiero con toda el alma, me duele cuando algún párroco no apoya, no acompaña, no alienta y no siente como propias las cofradías. Y me duele cuando alguna cofradía no quiere cuentas con la parroquia, ni con sus actividades, ni con sus necesidades.

En la Iglesia nadie va por libre. Y todo lo que no sea vivir la comunión es dificultar o imposibilitar la evangelización. Lo mismo cabría decir sobre la intercomunión con otras asociaciones de fieles, bien que se dediquen a algún tipo de apostolado concreto o actividades caritativas.

Vivir en la comunión eclesial es hoy especialmente necesario: Vivimos una cultura del relativismo, del subjetivismo, del fragmento, de “todo vale”, de desconfianza de la verdad y de alergia a todo lo que se presente con un carácter definitivo. Decía al principio que el problema no estaba sólo afuera, sino en casa, en nuestra propia Iglesia. Existen cada vez más cristianos que, influidos por el ambiente, tienden a escoger de la Tradición cristiana, del Credo o del Magisterio de la Iglesia aquello que sirve para fabricarse su propio “menú”, muy al gusto del consumidor. Cualquier alimento es intercambiable dentro del ”supermercado” de gustos y preferencias subjetivos. Puede darse el caso de que hoy se tiren cohetes en honor de la Asunción de María al Cielo y mañana se proclame sin pudor la creencia en la reencarnación. Las cofradías han de cuidar por eso que sus fieles vivan en comunión con la fe de la Iglesia, con el Magisterio del Papa y los Obispos, con el Catecismo de la Iglesia Católica. De las Hermandades, y sobre todo de sus dirigentes, hay que esperar la confirmación de una adhesión firme, fiel y total a la enseñanza de la Iglesia.

La Caridad

No pocas Cofradías y asociaciones han surgido en la Iglesia con una finalidad socio –caritativa. Algunas tienen tras de sí una historia gloriosa en este campo. El Papa nos invita, al inicio del nuevo milenio a “apostar por la caridad”. Este es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral. …Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse”30

Cita el Papa a continuación el famoso capítulo 25 del Evangelio de San mateo: “Tuve hambre, estuve desnudo, fui forastero…” Y añade unas afirmaciones que, por sabidas, no dejan de sorprender”: Esta página no es una simple invitación a la caridad; es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como esposa de Cristo, no menos sobre el ámbito de la ortodoxia.”31

En un mundo “cargado de contradicciones”, en que, por una parte, se da un asombroso crecimiento económico, tecnológico y cultural y, por otra, millones y millones de personas mueren de hambre, están condenadas al analfabetismo o carecen de asistencia médica y de cobijo, toda la Iglesia, también las Cofradías y Hermandades, tendremos que preguntarnos por nuestra fidelidad al Señor si no hacemos todo lo que esté en nuestras manos para remediarlo.

Y el Papa nos recuerda las nuevas pobrezas de los que quedan “expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social”32

“El cristiano que se asoma a este panorama, debe aprender a hacer un acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento que Él dirige desde este mundo de la pobreza”33

En esta misma línea, el Santo Padre nos invita a ser profundamente sensibles a otros retos que marcan el momento presente: el desequilibrio ecológico, los problemas de la paz, el vilipendio de los derechos humanos fundamentales, el respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta la muerte natural, las nuevas potencialidades de la técnica, especialmente la biotecnología y su relación con la ética.

Nos advierte el Papa que en estos campos, tan delicados como controvertidos, los cristianos “hemos de hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando sobre todo que no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano”34

“La caridad se convertirá entonces necesariamente en servicio a la cultura, a la política, a la economía, a la familia, para que en todas partes se respeten los principios fundamentales de los que depende el destino del ser humano y el futuro de la civilización”35

Este es el campo propio del ejercicio de la vocación de los laicos, llamados como tales a “buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios”36

Conclusión:

“El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de agudizar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a mantener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Nos acompaña en este camino la Santísima Virgen, “Estrella de la Nueva Evangelización”. Que Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose reconocer como a los discípulos de Emaús “al partir el pan” nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos para llevarles el anuncio: “Hemos visto al Señor “ (Jn.20,25)37

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